Brujulita

Cuento con lana

A la abuela Clementina le encantaba tejer.

Hacía, con lanas muy gruesas, bufandas para to-

dos los friolentos de Villa Alelí; con hebras de luz, tenues vestidos para las hadas; con hilos de agua, capas de fiesta para las princesas.

Una mañana de verano llegó al pueblo un juglar.

Llegó y se fue como una ráfaga de viento. Se diría que nunca estuvo allí si no fuera porque dejó olvidada, en el banco de la plaza, una cajita azul.

Intentaron avisarle, pero por más que lo buscaron no pudieron encontrarlo: se había esfumado.

"Qué hacer con la caja", se preguntaron todos.

-Será mejor que alguien la guarde hasta que el

dueño la venga a buscar -dijo Pablo, el alcalde.

-¿Y quién puede tenerla?

-Donde vivo no hay lugar para nada más -se

excusó Pepe.

-En mi casa no se puede -se apuró a decir

doña Nona- porque mis nietos rompen todo lo que

encuentran.

La verdad es que nadie quería llevársela porque

les daba miedo lo que pudiera guardar: ¿arañas?, ¿un espectro temible?, ¿sueños horrorosos?

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